jueves, 21 de junio de 2007

EPÍLOGO


Cuando comencé a escribir este blog, tenía muy claro que, por lo menos en lo que respecta a esta suerte de bitácora que he estado llevando, me daría ciertas libertades en cuanto a lo que quería escribir. No se trata de que a última hora haya encontrado en mí una veta de escritor que no conocía, sino que simplemente, y como una frase que me gusta, "llegados a este punto", creo que tengo derecho a tomarme algunas licencias. Después de todo, son prácticamente cinco años de seguir al pie de la letra instrucciones e indicaciones...

He aprendido mucho. Del periodismo aprendí lo suficiente como para entender que, en muchas ocasiones, puede llegar a ser un apostolado. Aprendí que, como profesional, siempre hay que tener una carta de principios a mano, para intentar no caer en esa inconsecuencia que tanto odio, convirtiéndome en un a-ético o a-moral o a-cualquier cosa.

A través del curso, y de otros también, aprendí a bajar esos discursos y esas teorías que aparentemente están tan arriba, y aplicarlas a la vida cotidiana, porque después de todo, fueron escritas por personas tal como yo o quien está leyendo en este momento. Aprendí que volar con lo teórico no era tan terrible como yo pensaba, o al menos no me costaría tanto. Aprendí, incluso, a llevar ese mensaje que a veces parecía tan diseñado para unos pocos a un lenguaje menos complejo, uno que todos pudieran entender.

Aprendí a ser crítico respecto de los medios de comunicación, de las noticias, de las personas, de mí mismo... y sobre todo, de mí mismo... porque a veces sí que callamos a nuestra voz interna que nos dice cosas que no queremos escuchar y que desoímos hasta que, sencillamente, nos tropezamos y caemos fuerte por las mismas piedras.

Me quedo, aprehendo, no sólo saberes teórico-prácticos sobre el periodismo, sin --¡obviamente!-- desmerecerlos. Pero quizás lo que más me hace sentir feliz, son esas pequeñas coas que se aprenden en el día a día de la universidad, de la vida juvenil, de los estudios superiores.

Aprendí y aprehendí a llevar amistades, a conocer a las personas, a saberlas entender. Encontré en estos años muchos amigos que me acompañaron en momentos muy difíciles de mi vida, y que por muchas diferencias que hayamos tenido, logramos construir verdaderas amistades de vida, que seguramente, el tiempo difícilmente disolverá.

Creo sin duda que no alcanzaría a escribir aquí todo lo que logré aprender y entender en estos años de vida universitaria. Ser responsable, trabajar duro por lo que uno quiere, soñar, volar un poco más con la imaginación, aprender a ser una persona más íntegra y sólida, y aprendí a disfrutar un poco más la vida.

Cambié mucho durante estos casi cinco años. Entre cambios de vestuario, cortes de pelo, look en general. Es impresionante el Raúl que entró a la universidad, con la autoestima baja, sin quererse a sí mismo, y el Raúl que ahora, adulto, es una persona casi completamente autosuficiente y que ha cultivado su ser interior y exterior.

He conocido muchas personas preciosas durante estos años. Gracias a una persona muy especial que ahora está lejana, logré conocer el mundo del diseño gráfico y audiovisual, explorar esa área y aprender, encontrar esa veta oculta en mí y que ahora me hace sentir orgulloso de ver mis productos audiovisuales en televisión y que, de paso, será seguramente mi próxima meta estudiantil. Pero también a través de esa persona entendí lo que es la amistad a toda prueba, lo que es comprender al otro, entrar en su mundo y cultivar una relación en la que, de alguna u otra forma, y aunque a veces fuera de maneras muy complicadas, ambos aprendimos --penas, llantos, discusiones, peleas, trabajos, alegrías, carretes, conversaciones, textos, caminatas y demases incluidos. Y aunque ahora estemos distanciados, seguimos aprendiendo.

Conocí a mis mejores amigos de la U, ésos con los que formamos "Las Chinchillas" en primer año, y que nunca nos volvimos a separar... María José Ekdahl, Walter Droguett, Andrea Blaimont, Jorge Miranda, Sebastián Chacana y yo... que durante estos años hemos sido grandes amigos y hemos trabajado juntos para lograr obtener nuestras metas académicas. En ellos encontré verdadero apoyo y cariño, una verdadera familia para esos momentos en que estaba solo.

También alcancé a conocer a grandes profesores que nos enseñaron tantas y tantas cosas; quizás más de alguna de ellas ya se nos olvidó, pero queda el recuerdo de haber pasado por sus aulas...

Son muchos los recuerdos que en este momento dan vueltas en mi mente. Recuerdos hermosos, de tantas cosas aprendidas y aprehendidas, de tantas relaciones construidas y tantas vueltas que ha dado la vida. Por eso es que agradezco haber conocido a todos aquellos a quienes conocí, que de alguna u otra manera formaron parte de estos años; incluso a los que encontré fuera de las aulas de clases, quienes se convirtieron en grandes amistades y grandes amores.

Me diversifiqué. Encontré lo que buscaba. Me despido contento de las aulas de clases de las que tengo tantos recuerdos y que me provocan tanta nostalgia. Descubrí mis áreas favoritas, como la locución radial que aún hoy sigo ejerciendo, o el diseño gráfico y audiovisual. Pude fundar una productora, pude trabajar en televisión dos veces... no puedo irme sino feliz de todo lo que viví.

Las palabras sobran en momentos como éste. Esta licencia que me he dado, de escribir más sentimientos que saberes es quizás una de las últimas posibilidades de dejar huellas y memorias de lo que quizás es más valioso para la vida del ser humano. Entender que sin vivir momentos desagradables, que sin alegrías, que sin nerviosismo o estrés, que sin amores ni amistades, que sin llantos, la vida no sería la misma.

Agradezco a mis amigos, mis amores, mis propios demonios y ángeles, a mis cercanos y profesores, por todo lo que me han enseñado estos años de universidad, porque son ustedes quienes lograron formar esta persona que soy ahora. Éste, de pie y con la mirada en alto, seguirá su camino sin jamás olvidar ... a La U.

"Nunca cambiamos, ¿o sí?...
Nunca aprendemos, ¿o sí?..."
(Letra de We Never Change, de Coldplay)

Los inconsecuentes de siempre

¿Cuántas cosas no hemos dejado de hacer en algún momento, para luego seguirlas haciendo? ¿Cuántas veces hemos dicho “nunca más” y seguimos repitiendo las mismas equivocaciones? ¿Por qué el ser humano, que aparenta ser tan sesudo en ocasiones, termina siendo tan boludo?

Más de alguna vez nos hemos hecho esa interrogante, y como si fuera un meta-discurso de nosotros mismos, seguimos preguntándonos esas mismas preguntas una y otra vez, llegando a diferentes conclusiones la mayor parte de las veces, dependiendo desde la conjunción de los astros hasta si nos levantamos con el pie izquierdo o derecho.

Me hago estas preguntas basado en una simple cita de Mark Twain: “Dejar de fumar es muy fácil, yo lo he dejado ya como cien veces”. Inteligentemente simplista, ¿no? --de paso, esta vez prefiero dejarme llevar por una simple cita, porque en este minuto me hace mucho sentido...

Aunque me gustaría pensar que como periodistas somos muy objetivos dentro de la subjetividad, y que siempre seguimos una misma línea y todo eso, sé perfectamente que eso es pura… alardeada.

Durante estos años de universidad he escuchado a muchos compañeros que dicen querer resistirse a ese mundo tan marcado por el rating o por las cifras de ventas, a ese mercado capitalista, a las grandes compañías, etc. Me pregunto cuántos de ellos, efectivamente, seguirán pensando lo mismo cuando egresen y sean hombres de bien… cesantes.

No estoy defendiendo ni atacando, simplemente --y es en serio-- me cuestiono nuestra consecuencia como profesionales de las comunicaciones, que a veces tanto decimos que no queremos hacer tal cosa de nuestros años de estudio y al final, sea como sea, parece que el sistema nos termina tragando. ¿Es más grande que nosotros, acaso?

Recuerdo muchas veces durante estos años las discusiones que tuve con mis compañeros respecto de los trabajos grupales, donde --típico-- el trabajo se termina separando por partes que cada uno de los integrantes tiene que armar por su cuenta, para luego juntarlas todas. Y, típico también de la universidad, tocó que alguien se atrasó y con eso retardó a los demás. Pura irresponsabilidad, salvo contadas excepciones en que el perro se comió el pendrive, el computador mágicamente borró el archivo o un virus infalible afectó a uno de los compañeros, que no se pudo levantar a tipear.

Y sí, lo reconozco. Más de alguna vez me tocó ser aquél que retrasaba los trabajos y, por qué no decirlo, recibía los descargos y desvaríos de estresados compañeros que lanzaban improperios al mundo como si fueran extranjeros –-no sé por qué a los gringos, por ejemplo, les fascinan tanto nuestras chuchadas.

Diego y Glot… ¡ay, Diego y Glot!... cuántos garabatos nos has hecho lanzar… que por qué no hiciste tu parte a tiempo, que por qué la envías a esta hora, que por qué no puedes ser un poco más responsable… a veces me generaba esa extraña sensación de que, por muy a última hora que hiciera “mi parte”, quizás de igual forma no tenía tantos errores, no estaba tan mal, y de hecho hasta estaba bastante bien. Me ha pasado muchas veces en la universidad --y no, no estoy alardeando.

Por eso es que muchas veces durante los trabajos y avances en nuestra tesina, con mis nunca bien ponderados compañeros Sebastián Chacana (o Shakana como prefiero llamarlo) y Jorge Miranda (o el No me cagues tanto, perdonando la expresión) tuvimos tantos roces y, seguramente, tuvieron tantas ganas de patearme en el suelo hasta decir basta. Sí, también yo quise patearlos cuando me tachaban de flojo.

Hemos avanzado harto en nuestro trabajo para lograr ser Licenciados en Comunicación Social, aunque aún nos queda harto camino por recorrer. Seguramente, ya no tendré muchas excusas como para seguir repitiendo lo mismo que he repetido por cuatro años y medio, respecto de “no lo voy a volver a hacer” (para caer de nuevo en lo mismo). También mis compañeros lo hicieron en su momento, todos lo hemos hecho alguna vez, así que no me siento tan culpable. Pero llegados a este punto, en que quedan sólo tres días de clase y el resto serán sólo largos meses de vacaciones (si es que el de Arriba no dice lo contrario), la verdad es que tendré mucho tiempo para avanzar en el trabajo sin excusas de falta de tiempo o de conexiones de Internet que se caen y no sé cómo arreglar. Además me patearon hace poco, así que peor todavía, más tiempo libre… (no sé si reírme o sólo decir que “así es la vida y todo pasa por algo" y etc.).

El punto es que en toda la vida, no sólo la universitaria, decimos que no haremos tales o cuales cosas y al final igual las terminamos haciendo. Muchos, incluso, dicen que jamás probarán ciertas frutas, y lo terminan haciendo igual. La inconsecuencia parece ser la reina de los seres humanos, la neurona por excelencia que nos comanda a seguir tropezándonos con las mismas piedras.

A estas alturas, sólo me queda trabajar y concentrarme en la tesina. También he dejado de fumar como cien veces (bueno, quizás no tantas), pero al menos, habiendo ya logrado decir que en Diego y Glot sí hay rasgos de identidad chilena, completamente identificables e identificados, y redactando nuevos análisis cualitativos respecto de ciertos tópicos interesantes en la serie, puedo decir con certeza que vamos bien encaminados en esta última etapa universitaria.

Quizás no deje de fumar de nuevo, porque entre otras cosas voy a subir de peso, pero al menos intentaré no ser tan inconsecuente, si después de todo, yo detesto con toda mi alma a quienes dicen , para después decir no, sin siquiera una explicación coherente.


"Dejar de fumar es muy fácil, yo lo he dejado ya como cien veces"

(Mark Twain)

Protagonistas de la plata


Anteriormente, había reflexionado basado en Charo Lacalle y su texto “El espectador televisivo: los programas de entretenimiento”, en el que dedica un capítulo completo al análisis del reality-show Gran Hermano, cuya primera versión española fue estrenada en 2000 por las pantallas de Tele5. Producido por Zeppelin, filial de Endemol, dicho programa alcanzó cifras de rating prácticamente nunca antes vistas en dicho país, y aunque muchos de sus críticos desearan señalar que no fue un fenómeno ni tampoco marcó un antes y un después en la televisión ibérica, lo cierto es que lo fue.


Hay un tema que me gustaría rescatar respecto del análisis realizado por esta española en su texto, que dice relación con el cómo los medios de comunicación construyen, de cierta forma, la identidad de sus personajes y protagonistas y cómo, ciertamente, la desarman (prefiero usar esa palabra porque suena más catastrófica que de-construyen).


Cuando vimos por primera vez Protagonistas de la Fama en nuestro país --una versión similar a Gran Hermano, modificada por la multinacional Promofilm--, se sabía que lo que venía sería, seguramente, un éxito total. Acompañado de una inversión por parte de Canal 13 de varios millones de dólares, tendría que haberlo sido. Y lo fue.


Fuimos testigos durante esos tres meses de cómo los catorce personajes de dicho reality show eran presentados tanto por la prensa, los programas satélite de Protagonistas, y el resto de la programación de la estación católica; incluso, fuimos partícipes de un fenómeno que también se dio en España, que es el que otros canales de televisión hablaran de dicho programa.


En esa suerte de construcción de personajes y su forma de presentarlos me gustaría detenerme. Y es que, si nos dedicamos a hacer un paralelo –-aunque suene altamente reiterativo y autoreferente a estas alturas—con, por ejemplo, los dibujos animados, cae de cajón que los seres humanos no son lo mismo que los personajes de una serie como Diego y Glot.


El entender que el poder conferido, quizás por las mismas audiencias, quizás declarado por los medios, es tan grande y muchas veces tan cruel es uno de los primeros pasos para comprender la lógica –-tan conocida y aún así tan en boga-- mercantil de éstos gigantes egoístas, que pareciera que sólo se interesan en compartir sus ganancias con ellos mismos a costa de lo que sea necesario.


La construcción de la identidad de un país, o incluso más abajo, la construcción de un personaje de dibujos animados, con defectos y virtudes, así como una personalidad específica y características que por buenas o malas lo hacen ser como es, es una cosa; pero de ahí a satanizar o ensalzar a una persona basados en resúmenes diarios de una hora o menos, o de lo que ciertas personas creen es otra cosa.


Cómo se puede prácticamente destruir la vida o, por lo menos, crear traumas poco entendibles para un medio lleno de farándula en que un conflicto se olvida al día siguiente, es un hecho que realmente es escalofriante. Por eso cuando nos enfrentamos a la construcción sana de la identidad nacional, o de la de los personajes de una serie, y contrastamos eso con los mensajes que en un mismo canal se emiten de ciertas personas, se nos hace un poco difícil entender. Porque por un lado, el canal del angelito intenta mostrar a las futuras generaciones cómo somos y cómo deberíamos ser (algunas formas de actuar, por ejemplo), para horas más tarde destruir a una persona con sólo una imagen fuera de contexto o la palabra de un “líder” de opinión.


Esa inconsecuencia de pronto genera en mí, al menos, un sentimiento extraño al pensar que otros como yo, que también están saliendo de escuelas de Periodismo, se dedican a eso: enseñar valores y destruir personas, toda una dicotomía muy particular de analizar (sí, estoy siendo sarcástico).


Tampoco puedo ser tan boludo –-¿en buen “ché”?-- como para pretender que la televisión y los medios en general solamente se dediquen a mostrar arcoíris de colores y praderas hermosas donde todos son felices. Como decía alguien por ahí, mejor comprar una tarjetita de Village (sin hacer publicidad…).


Sabemos que los medios de comunicación, como toda empresa, tienen que financiarse. Tampoco podemos empezar aquí un debate sobre si corresponde o no jugar de esa manera (“ésa”, la de la farándula) con la vida de las personas, porque al fin y al cabo sabemos que no debería, pero aún así nos entretiene, casi como una teleserie, pero en la vida real --qué gran catarsis. También sé que entre Diego y Glot y Protagonistas de la Fama hay diferencias tan abismantes en cuanto a público objetivo, formato y otros, que en realidad prácticamente no pueden ser comparados.


Pero sí, quiero ser rebelde. Los pongo como contraste entre las cosas que puede hacer la televisión en particular y los medios en general. Benignos, malignos, pero están, y nosotros los consumimos, así que no habría derecho a quejas. En realidad, no pretendo quejarme, pero sí al menos hacer una pequeña señal de humo respecto del alcance y el poder de los medios, y lo que queremos ver en ellos o no.


Al fin y al cabo, Protagonistas… en Chile y Gran Hermano en España fueron hitos de audiencia nunca antes vistos, así como hitos en lo que a meterse en la vida privada respecta. No hablo de la vida privada vista en las “casas-estudio”, sino en el pasado y presente de esas personas, de las que tanto se ventiló con quién andaban o qué hacían antes de ingresar a esos programas. Quizás ellos también fueron culpables por querer hacer de figurines en la televisión --¡encontré una semejanza con un programa de farándula!... aunque el otro se llama “Intrusos en la televisión”.


Quién tiene la culpa o quién no quizás no es lo trascendente. Como televidentes somos dueños de ver lo que queremos, y como periodistas tenemos el poder de saber dónde queremos trabajar y qué queremos hacer con nuestras carreras. Lo más probable, sin ser apocalíptico, es que sigan existiendo programas de farándula y reality shows donde se ventile y destruya la vida privada de los personajes. También seguirán existiendo programas educativo-entretenidos. Pero siempre es bueno saber en qué estamos como periodistas, y qué vemos como televidentes.



"Si no sales por televisión, no existes"

(Charo Lacalle, citando a José María Iñigo en un programa de televisión español)

El loco no era tan loco



Cuando Paul Feyerabend presentó por primera vez su trabajo respecto de los paradigmas y las teorías, fue considerado prácticamente como un loco, recibió más de alguna crítica destructiva y, por qué no decirlo, muchas risas de sus colegas teóricos. Pero nadie pudo entender que, por muy extraño que pareciera su pensamiento, de alguna u otra manera podía ser transformado y aplicado a distintas realidades, “bajado” hacia, por ejemplo, el campo periodístico.

Austríaco, natural de Viena, nació un 13 de enero de 1924 y murió en Zurich, Suiza, el 11 de febrero de 1994. Feyerabend toma ciertos paradigmas desde Thomas Kuhn, asumiéndolos y convirtiendo desde ellos un nuevo punto de vista en la forma en que el ser humano conoce.

Uno de sus postulados interesantes dice relación con el hecho de que, cuando la ciencia cambia, por lo general lo hace por razones externas a lo científico: su racionalidad dependería de los poderes dominantes y su congruencia con éstos. Menciona, por ejemplo, el caso de la religión, forma de conocimiento y explicación del mundo por excelencia siglos atrás, dado porque el clero era precisamente el que tenía el poder. Según Feyerabend, la ciencia es para la modernidad lo que la religión fue para la época medieval.

Por lo mismo, y siendo la ciencia la ideología del poder en la actualidad –-aunque, desde cierto punto de vista, creo que eso ya está cambiando--, no es más o menos valiosa que la hechicería, el vudú, la medicina natural y el tarot –-ésa es seguramente la parte de los planteamientos de Feyerabend que más carcajadas debió haber provocado. Seguramente, usted, señor lector, también debe estar esbozando una sonrisa. Creo…

A la conclusión que él llega es que no se puede demostrar que la ciencia es intrínsecamente superior al mito, por lo que no progresa y no cambia sino en la medida en que sus teorías expresan mejor o peor a los poderes dominantes. No es que se tenga poder por saber cosas, sino que decimos saber cosas en la medida que tenemos poder.

Es claro que los planteamientos de Feyerabend no son fácilmente adaptables a la realidad periodística, pero no es menos cierto que algunas de sus ideas se relacionan fuertemente con esta disciplina. Quizás podríamos llegar a pensar que vivimos en una época en la que, en conjunto con los avances científicos, también los medios de comunicación y todo lo que los rodea se han transformado en “la religión del siglo XXI”, la ideología del poder, y por cierto, una de las maneras de llegar a él. Podríamos concluir en una suerte de dualidad de los medios de comunicación como objetivo y procedimiento para dominar.

Si lográramos aplicar –-suena como complejo-- efectivamente los postulados de este filósofo austríaco, incluso sería plausible elaborar una teoría en la que el periodismo jugaría un rol fundamental dentro del juego social, dentro de la “guerra” de instalación de discursos. En esa lógica también se instalaría el discurso semi-periodístico semi-actualidad de Diego y Glot. Desde cierto punto de vista, los medios de comunicación también se han transformado en una forma de conocer la realidad y de legitimar ciertas ideas sobre el mundo.

No es que los medios elaboren teorías al estilo científico. Se trata de que éstos, en muchos casos, son la única forma en que las personas conocen -–sobre todo quienes no tienen acceso a la ciencia tradicional y al estudio-–, y en una amplia gama de aspectos: desde lo social a lo científico.

Junto con la ciencia, la comunicación de masas –-aunque no nos guste el nombre-– también se ha validado como el método por excelencia de instalación de los discursos, de lo que realmente es válido, las “verdades”, las ideologías. Así, se produce el mismo fenómeno que consigna Feyerabend al señalar que los paradigmas que eran validadas dependían más de la autoridad de turno (moral, política, científica, económica, etc.) que del hecho de que unas pudieran ser mejores o más cercanas a la verdad que otras.

“Los científicos no pueden dar razones de su poder. Lo que tienen en rigor es poder, y en virtud de que tienen poder dicen que tienen razón”. Lo que tenemos como periodistas también es poder y justamente nuestro principal objeto es comunicar, de la forma menos subjetiva posible. Somos canales y a la vez somos poder, lo tenemos, lo ejercemos, lo ejercen sobre nosotros, en fin. Y el objetivo final es entregar al público el discurso más transparente posible, sin manipulaciones, y donde “todos” tengan cabida y puedan dar a conocer sus mensajes –-si no es posible a través de la ciencia, puede ser a través de los medios, aunque no se trate de “verdades universales”.

Quien está en los medios de comunicación, ¿es necesariamente superior? Quien tiene la capacidad para instalar sus mensajes, las “formas de conocimiento”, los pensamientos respecto de determinados temas, y nuestras maneras de reaccionar “debidamente” frente a ellos, ¿lo hace necesariamente de manera legítima? No. Feyerabend lo aplicaba en el campo del conocimiento de la realidad y de su estudio. Nosotros lo aplicamos desde el periodismo y el análisis a los medios y sus programas, como Diego y Glot. Y nuevamente volvemos a la respuesta de que quienes tienen el poder son los que nos dirán que sus formas de entender los acontecimientos son las más adecuadas sin que lo sean per se.

Hay muchos aspectos en los que podemos pensar que Paul Feyerabend era un excéntrico, tal vez un idealista, o quién sabe qué otros apelativos usar. Lo cierto es que desde su postura “anarquista” hay muchos elementos que nos hacen cuestionarnos respecto de nuestro propio campo de estudio, como se conoce y llega a la “verdad”, y ésta se presenta ante el público. Más allá de ir punto por punto comparando la teoría de este autor con el campo periodístico, haciendo los paralelos, nuestro aporte es instalar la misma discusión del poder que Feyerabend situó respecto de la ciencia, de esta “racionalidad cuantificadora y cosificadora”.

Sabemos que el debate respecto de la dominación y el poder está instalado y ha sido discutido. Más allá de eso, quiero reconocer en Feyerabend un real aporte a lo que nos convoca, nuestra profesión de comunicadores, y cómo desde las estructuras y teorías macro podemos aplicar las mismas fórmulas –-y hacer las mismas críticas-– que este autor austríaco hizo en su momento. ¿Será que todo puede ser comparable? ¿Será que “todo sirve”?

Feyerabend, Paul. Tratado contra el Método (1975). Editoral Tecnos, Madrid, 1981. Citado en Pérez Soto, Carlos. Sobre Un Concepto Histórico de Ciencia (1998). Editorial LOM. Página 177.

Feyerabend, Paul. Tratado contra el Método (1975). Editoral Tecnos, Madrid, 1981. Citado en Pérez Soto, Carlos. Sobre Un Concepto Histórico de Ciencia (1998). Editorial LOM. Página 176.


“Los científicos no pueden dar razones de su poder.
Lo que tienen en rigor es poder, y en virtud de que tienen poder dicen que tienen razón”

(Paul Feyerabend)

Ac-dualidad


A través del análisis realizado a Diego y Glot, hemos ido descubriendo una manera particular de ver la identidad chilena. Se nos presenta la dualidad entre reconocer si lo que vemos es una perspectiva específica --creador hacia lo observado-- o si es un fiel reflejo de quiénes somos --lo observado es lo creado.

Sabemos que el periodismo no es objetivo. ¿Será entonces que lo que hicieron los creadores de Diego y Glot fue un periodismo que, a través de la creación audiovisual, nos "informa y entretiene"? Ahora es cuando recurro a los autores --que aparentemente, y sólo aparentemente, saben más que yo.

En el texto "Paradigmas alternativos y redefiniciones conceptuales en comunicación periodística", Héctor Borrat nos presenta un nuevo punto de vista respecto de lo que es o puede ser el periodismo en la actualidad. Vinculando lo dicho anteriormente --que los creadores de la serie hicieron un verdadero "periodismo"-- con lo expresado por Borrat, tenemos que esta serie de dibujos animados se enmarca en esta nueva definición de periodismo como "entretenimiento y actualidad" (Borrat, 2002).

Y de buenas a primeras no es fácil dejarse llevar por esta manera de ver el ejercicio periodístico, pero basado en lo anteriormente citado, tengo argumentos de sobra: es que justamente la intención de Borrat --como lo dice el mismo nombre de esta definición-- intenta ampliar el campo y la manera de entender el periodismo. Porque si miramos bien en la historia, los primeros pregoneros, ésos que iban de ciudad en ciudad anunciando los acontecimientos fueron los "primeros periodistas"... y no escribían precisamente con lead o informaban sólo accidentes o asesinatos: anunciaban actualidad.

En Diego y Glot, estos dos elementos base para una redefinición del paradigma periodístico son absolutamente claros y patentes: la entretención es clave para presentar un producto atractivo para el público objetivo primario de esta serie de televisión, lo que se hace presente en las diversas situaciones por las que los protagonistas deben pasar.

Por otro lado --y uno de los elementos que más podemos distinguir en la serie-- es la actualidad: el contexto, los escenarios (psicológicos o físicos), las frases y modismos, las alusiones, los personajes, etc., forman un verdadero compendio de lo actualmente chileno.

Pero es aquí donde quiero plantear una suerte de debate. En muchas ocasiones nos encontramos con elementos y personajes extemporáneos a la serie: apariciones de frases usadas popularmente en otras épocas (frases de la dictadura pintadas en lienzos y carteles), programas de televisión en sus formatos antiguos vistos en la actualidad de la serie (Sábados Gigantes), personajes del acontecer nacional con vestuarios de otras épocas, etc. Y, sin duda, lo más notorio son las innumerables alusiones a eventos, personas y circunstancias de los años ochenta.

Es por eso que planteo esta pequeña y humilde, pero no menos teórica discusión. Porque, si bien es cierto la serie cuenta con elementos propios de una definición de periodismo amplia, hay una mixtura muy peculiar que hace pensar en una actualidad-actual mezclada con una actualidad-pasada (si quisiera inventar una palabra, podría inventar actudualidad, acdualidad o algo así...), ya vivida, y que marcó. Como elemento de entretención y actualidad, apela a otro público, otra época, otra generación.

Empezamos a dudar en el carácter de reflejo lo-más-fiel-posible para situarnos en una creación con una suerte de doble-temporalidad (¿o atemporalidad actual?) que muestra claramente una manera de ver Chile no necesariamente desde los elementos identificables basados en categorías de análisis creadas a partir de la actualidad; más bien se ocultan tras una temporalidad difícil de encasillar, como en el caso de una serie de dibujos animados.

¿Cuál es la actualidad presente en Diego y Glot? ¿Podemos calificar, entonces, como periodismo amplio, aún si estamos frente a una temporalidad difusa o mezclada? ¿Cumple un rol educativo-informativo, dando a conocer y poniendo en la mesa elementos de otras épocas ya vividas?

Como me gusta terminar con interrogantes, dejo éstas planteadas. Haga usted su propio análisis. Si quiere...

Existen dos definicions respecto de la comunicación periodística:
la estricta, relacionada con lo meramente de actualidad,
y la amplia, que une la actualidad con el entretenimiento.

(Paráfrasis desde Héctor Borrat, "Paradigmas alternativos y
redefiniciones conceptuales en comunicación periodística")

En la tele aprendí lo chileno


En el texto de Edgar Morin, "Mis Demonios", me percato claramente que todos tenemos, de alguna u otra forma, internalizadas en nuestro ser ciertas características que nos definen como personas; nuestros defectos y virtudes, nuestros sueños, esperanzas y, por qué no decirlo, nuestras obsesiones.

El aprendizaje social es, junto con el familiar, uno de los primeros que adquirimos y que va formando, consciente o inconscientemente, "algo" --detesto usar esa palabra-- que podríamos llamar nuestro "ser social" -- además, por cierto, de nuestro "ser individual". Aprendemos tradiciones, saberes, leyendas, dichos y palabras, junto con una impresionante cantidad de conocimiento --en todos sus sentidos-- que nos definen como el gran "ser social" que somos todos los habitantes de un país, o todos los "nacionales", por nombrar un ejemplo.

Morin lo dice claramente: "en la escuela aprendí Francia". Pero este aprendizaje que comienza a adquirirse desde nuestros primeros intercambios sociales no sólo se reduce a conjuntos de prácticas o saberes tradicionales: también tiene que ver con la "psicología social", pues como parte de este gran ser humano que conformamos como "nacionales", tenemos una dimensión de conocimiento formal, pero también de sentimientos, percepciones, estructuras de pensamiento y maneras de actuar. Me refiero a lo psicosocial. Por alguna razón somos, al fin y al cabo, humanos, ¿no?

Es justamente éste uno de los puntos en los que quisiera detenerme. Estamos analizando la identidad chilena presente en Diego y Glot, si es que la hay, y hemos llegado a un punto muy importante en nuestra investigación: luego de definir y comenzar a profundizar en las características y signos de lo chileno presentes en la serie --según las categorías de análisis de Jorge Larraín--, debemos comenzar a definir cuál es esa imagen del ser chileno que se encuentra presente en dicho espacio televisivo.

No. No piense que es una misión fácil, no sea tan básico. No porque sean dibujos animados va a ser un análisis simple--simplista. Es que si bien es cierto lo que dice Morin es muy aplicable ("en la escuela aprendemos Chile"), ¿cómo poder definir con claridad el ser chileno? ¿No estaremos generalizando y/o siendo subjetivos en el análisis? O mejor dicho: ¿cómo poder objetivizar lo claramente subjetivo?

Dejo planteadas estas interrogantes junto con estas ideas base que me provocan muchas más preguntas respecto del análisis que estamos realizando en Diego y Glot --serie de dibujos animados presentada por Canal 13 y UCV Televisión, y producida por Cubonegro. Me surgen interrogantes respecto de lo que queremos-pretendemos descubrir, y sobre las dimensiones del análisis. ¿Aprendemos en la escuela o la vida social a ser chilenos? ¿Estamos todos de acuerdo con dicho ser chileno? ¿Está fielmente retratado en la serie? ¿Cuáles serían nuestros demonios como chilenos?


"En la escuela aprendí Francia"

(Edgar Morín, "Mis Demonios")

¿Qué es esto?


Me siento y escribo. No sé para dónde me llevarán las letras, no sé qué cosas de mí iré a desvelar ni tampoco qué saberes son los que guardaré, los que aprenderé y aprehenderé.

Sólo sé que quiero comenzar a avanzar, a escribirme a mi mismo las cosas que voy descubriendo, a dejar mis huellas en algún lugar, algún rastro que me recuerde los lugares donde estuve, los hechos que viví, las personas que conocí, todo.

A veces pienso que sólo avanzamos, sin detenernos a reflexionar ni en los más mínimos detalles. Quiero detenerme en eso que sé que en algún momento me llamará la atención; hablar de él (o escribir, mejor dicho), sentir que dejo un rastro y que puedo dejar mis pensamientos plasmados, y que alguien más podrá leer lo que siento, digo y pienso (y lo que no también).

Me gustaría pensar que no va a llegar el día en que tenga que escribir el cierre de esta bitácora (aunque, quizás si me entusiasmo, comience a escribir más seguido en blog).

Hay una cosa que creo que marcará este recuerdo abierto al mundo... el saber y el poder de escribir lo que realmente quiera, sin presiones, sin tambaleos, sin teorizar lo inteorizable, sin dármelas de estudioso. Quiero darme el lujo, terminando mi carrera, de escribir lo que realmente he querido escribir, quizás, estos años. O quizás me lo guarde. O a lo mejor sólo dé los primeros pasos...

Por ahora, me llama el interés de escribir esta pequeña suerte de diario de vida, en el que guardaré los pocos últimos recuerdos que quedarán de mi paso por la vida universitaria.

"No veo por qué me disuelvo en agua,
no veo por qué debo yo comprender.
¿Acaso serán tan sólo palabras
echadas al aire, surgidas del mar?"
(Letra de "Voces", de Miranda!)