
Anteriormente, había reflexionado basado en Charo Lacalle y su texto “El espectador televisivo: los programas de entretenimiento”, en el que dedica un capítulo completo al análisis del reality-show Gran Hermano, cuya primera versión española fue estrenada en 2000 por las pantallas de Tele5. Producido por Zeppelin, filial de Endemol, dicho programa alcanzó cifras de rating prácticamente nunca antes vistas en dicho país, y aunque muchos de sus críticos desearan señalar que no fue un fenómeno ni tampoco marcó un antes y un después en la televisión ibérica, lo cierto es que sí lo fue.
Hay un tema que me gustaría rescatar respecto del análisis realizado por esta española en su texto, que dice relación con el cómo los medios de comunicación construyen, de cierta forma, la identidad de sus personajes y protagonistas y cómo, ciertamente, la desarman (prefiero usar esa palabra porque suena más catastrófica que de-construyen).
Cuando vimos por primera vez Protagonistas de la Fama en nuestro país --una versión similar a Gran Hermano, modificada por la multinacional Promofilm--, se sabía que lo que venía sería, seguramente, un éxito total. Acompañado de una inversión por parte de Canal 13 de varios millones de dólares, tendría que haberlo sido. Y lo fue.
Fuimos testigos durante esos tres meses de cómo los catorce personajes de dicho reality show eran presentados tanto por la prensa, los programas satélite de Protagonistas, y el resto de la programación de la estación católica; incluso, fuimos partícipes de un fenómeno que también se dio en España, que es el que otros canales de televisión hablaran de dicho programa.
En esa suerte de construcción de personajes y su forma de presentarlos me gustaría detenerme. Y es que, si nos dedicamos a hacer un paralelo –-aunque suene altamente reiterativo y autoreferente a estas alturas—con, por ejemplo, los dibujos animados, cae de cajón que los seres humanos no son lo mismo que los personajes de una serie como Diego y Glot.
El entender que el poder conferido, quizás por las mismas audiencias, quizás declarado por los medios, es tan grande y muchas veces tan cruel es uno de los primeros pasos para comprender la lógica –-tan conocida y aún así tan en boga-- mercantil de éstos gigantes egoístas, que pareciera que sólo se interesan en compartir sus ganancias con ellos mismos a costa de lo que sea necesario.
La construcción de la identidad de un país, o incluso más abajo, la construcción de un personaje de dibujos animados, con defectos y virtudes, así como una personalidad específica y características que por buenas o malas lo hacen ser como es, es una cosa; pero de ahí a satanizar o ensalzar a una persona basados en resúmenes diarios de una hora o menos, o de lo que ciertas personas creen es otra cosa.
Cómo se puede prácticamente destruir la vida o, por lo menos, crear traumas poco entendibles para un medio lleno de farándula en que un conflicto se olvida al día siguiente, es un hecho que realmente es escalofriante. Por eso cuando nos enfrentamos a la construcción sana de la identidad nacional, o de la de los personajes de una serie, y contrastamos eso con los mensajes que en un mismo canal se emiten de ciertas personas, se nos hace un poco difícil entender. Porque por un lado, el canal del angelito intenta mostrar a las futuras generaciones cómo somos y cómo deberíamos ser (algunas formas de actuar, por ejemplo), para horas más tarde destruir a una persona con sólo una imagen fuera de contexto o la palabra de un “líder” de opinión.
Esa inconsecuencia de pronto genera en mí, al menos, un sentimiento extraño al pensar que otros como yo, que también están saliendo de escuelas de Periodismo, se dedican a eso: enseñar valores y destruir personas, toda una dicotomía muy particular de analizar (sí, estoy siendo sarcástico).
Tampoco puedo ser tan boludo –-¿en buen “ché”?-- como para pretender que la televisión y los medios en general solamente se dediquen a mostrar arcoíris de colores y praderas hermosas donde todos son felices. Como decía alguien por ahí, mejor comprar una tarjetita de Village (sin hacer publicidad…).
Sabemos que los medios de comunicación, como toda empresa, tienen que financiarse. Tampoco podemos empezar aquí un debate sobre si corresponde o no jugar de esa manera (“ésa”, la de la farándula) con la vida de las personas, porque al fin y al cabo sabemos que no debería, pero aún así nos entretiene, casi como una teleserie, pero en la vida real --qué gran catarsis. También sé que entre Diego y Glot y Protagonistas de la Fama hay diferencias tan abismantes en cuanto a público objetivo, formato y otros, que en realidad prácticamente no pueden ser comparados.
Pero sí, quiero ser rebelde. Los pongo como contraste entre las cosas que puede hacer la televisión en particular y los medios en general. Benignos, malignos, pero están, y nosotros los consumimos, así que no habría derecho a quejas. En realidad, no pretendo quejarme, pero sí al menos hacer una pequeña señal de humo respecto del alcance y el poder de los medios, y lo que queremos ver en ellos o no.
Al fin y al cabo, Protagonistas… en Chile y Gran Hermano en España fueron hitos de audiencia nunca antes vistos, así como hitos en lo que a meterse en la vida privada respecta. No hablo de la vida privada vista en las “casas-estudio”, sino en el pasado y presente de esas personas, de las que tanto se ventiló con quién andaban o qué hacían antes de ingresar a esos programas. Quizás ellos también fueron culpables por querer hacer de figurines en la televisión --¡encontré una semejanza con un programa de farándula!... aunque el otro se llama “Intrusos en la televisión”.
Quién tiene la culpa o quién no quizás no es lo trascendente. Como televidentes somos dueños de ver lo que queremos, y como periodistas tenemos el poder de saber dónde queremos trabajar y qué queremos hacer con nuestras carreras. Lo más probable, sin ser apocalíptico, es que sigan existiendo programas de farándula y reality shows donde se ventile y destruya la vida privada de los personajes. También seguirán existiendo programas educativo-entretenidos. Pero siempre es bueno saber en qué estamos como periodistas, y qué vemos como televidentes.
"Si no sales por televisión, no existes"
(Charo Lacalle, citando a José María Iñigo en un programa de televisión español)
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